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Pensamiento libertario sobre política de estado


 

Nuestra posición (y oposición) en relación con cualquier tipo de elecciones radica, ante todo, en lo que pensamos de la lucha política. La lucha política es para nosotros y nosotras una lucha separada por el control de los mecanismos del poder, en la que se especializan las clases dominantes y, por consiguiente, explotadoras de todos los tiempos. Viendo nítidamente cuáles eran sus intereses, la burguesía se agarró a ella como a una tabla de salvación y, desde entonces, nunca dejó de pulir y engrasar la máquina y el instrumento de su dominio, definiendo lo que eran deberes, derechos y libertades fundamentales, el espíritu de la ley, la separación de poderes, el hombre (abstracto y con mayúscula) y el ciudadano, y aconsejando sobre la utilización de la papeleta de voto, en la medida en que sea prudente, y alargando progresivamente el sufragio. Sabía que de esta forma jamás perdería la partida, y que siempre hay un medio de entenderse entre personas de bien. Mientras tanto, decía por boca de Rousseau que "el pueblo soberano" nunca podrá ejercer directamente su soberanía, teniendo que resignarse al fenómeno representativo y a la delegación de poderes; por su parte, Robespierre, otro enfant terrible de la mismísima burguesía, proclamaba que "el pan no es una cuestión política".
Cayendo como bobos en la trampa que les tendían, por comodidad, por oportunismo, por cobardía o simplemente por la incapacidad de entablar una lucha definitiva y no parcial, los partidos socialistas y socialdemócratas del siglo XIX zozobraron completamente en el electoralismo y el parlamentarismo. Intentando desviar a la gente de la revolución social que nosotros defendemos, olvidando que el capitalismo no se puede sustentar sin Estado, del mismo modo de ahora el Estado también necesita del capitalismo para imponerse, y perdiendo de vista completamente que el gobierno del hombre por el hombre genera forzosamente explotación, de igual forma que el ejercicio de ésta genera fatalmente el dominio (esos socialistas acreditados y bendecidos se especializaron en la separación entre lucha política y lucha económica, atribuyendo a la primera y a la actuación de los partidos políticos una primacía total; en cuanto a la lucha económica, quedaría reducida al trade-unionismo, al reformismo sindical, a la reinvindicación gremial, al corporativismo y a la legislación laboral) y sería entablada por los estados mayores, burócratas, corporaciones amarillas y simples correas de transmisión de ciertos partidos políticos. Podría decirse que, desde los tiempos de relativo eclipse del anarquismo y del anarcosindicalismo, y como consecuencia de la antedicha separación, esta sociedad subsiste sin oposición digna de este nombre y los patronos y gobernantes hacen prácticamente lo que quieren.
Con los llamados partidos comunistas pasó lo mismo. Como tenían origen en escisiones de los varios partidos socialistas o socialdemócratas, salieron de la misma matriz, sin abandonar en el cambio las taras originales, todos los vicios de acción y de pensamiento de los que nunca se desembarazaron. Sólo un detalle les separaba de los padres fundadores: tenían más prisa que ellos, motivo de que al electoralismo tradicional añadieran el golpismo politiquero. ¡Supremacía de la política! Después, instalados en el poder y olvidando que éste conquistó siempre a todos sus conquistadores, eliminaron la competencia, estatalizaron la propiedad, volvieron a crear nuevos privilegios y se convirtieron en gobernantes y patrones únicos. A todos ellos son aplicables las palabras de Bakunin: "Hay un indicio infalible por el que los trabajadores pueden reconocer un falso socialista, un socialista burgués: si, al hablarle de revolución o, mejor dicho, de transformación social, él dice que la transformación política debe preceder a la económica; si niega que ambas deben ser simultáneas, o si niega que la revolución política no es más que la aplicación directa e inmediata de la completa y total transformación social, dadle la espalda, ya que estais frente a un idiota o a un explotador hipócrita".
La lucha politiquera y, especialmente, la escaramuza electoral, no pasan de ser pugnas de jefes, conducidas por los jefes y teniendo como principales beneficiarios y destinatarios a los jefes. Al revés de lo que sucede en las luchas sociales, organizadas o espontáneas, pero no teledirigidas, en que eventuales minorías no dirigentes pretenden servir de detonante las veces que sea necesario, para que el mayor número posible de personas participe en el proceso revolucionario, ya que en estas cosas, cuanto más se ensancha más se profundiza; en las luchas políticas ya se encargan los jefes de que las masas no se muevan mucho y se limiten a introducir el voto en la urna los días de elecciones. Para trazar tácticas y estrategias, para entablar conversaciones y negociaciones, y para llegar a acuerdos y compromisos mezquinos, en lo que respecta al reparto del pastel, están los estados mayores y los líderes máximos. La base electoral apenas sirve para pegar carteles, repartir panfletos, aplaudir en los mítines y tener al día las cuotas, aunque los colosales gastos de las carísimas campañas sean, la mayoría de las veces, pagados por el propio Estado, por los capitalistas "amigos" y por los sucesivos escándalos de las facturas falsas. En resumen, cuando todavía dura la procesión a las urnas, el mensaje no fue digerido ni el sinvergüenza del candidato elegido, el rebaño de borregos es invitado a no participar demasiado ostensiblemente y a no pedir cuentas a nadie. Es lo que se llama "democracia participativa".

Sección Portuguesa de la A.I.T.