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Claroscuro de la okupación

Okupar tiene las connotaciones de un verbo reivindicativo. Es tomar lo que está en desuso, abandonado, y darle utilidad. Es señalar la desproporción establecida por la propiedad privada sobre un bien de primera necesidad como es la vivienda. Sin embargo, hay muchos matices.

Siempre creí que okupar tenía intrínsecamente ese cariz vindicador y que no importaba qué vivienda okuparas mientras estuviera abandonada. La realidad me ha hecho ampliar la perspectiva.

Cuando empezamos (la FAGC) a intervenir en la vivienda nos especializamos en parar desahucios a través de piquetes (aunque ya habíamos hecho nuestros pinitos en okupación). Queríamos hacer una alianza con la PAH local para que abordara el aspecto legal y con el Movimiento Okupa para que nos ayudara en los realojos. Al final los primeros no estaban por la labor y los segundos, aunque lo intentaron, no pudieron cambiar de dinámica. Nos vimos así empollándonos el Código Penal y especializándonos en abrir casas.

Recuerdo el caso de una familia con 4 niños recién desahuciada que había llegado a nosotros demasiado tarde. Fuimos a una casa okupa cercana a pedir que les dejaran quedarse un par de noches hasta que pudiéramos abrir una de vivienda de urgencia (por entonces no teníamos el superávit de inmuebles expropiados que llegamos a tener después). Los miembros de la casa okupada nos dijeron, nada más abrir la puerta, que era imposible. Las habitaciones que tenían libres eran para “viajeros” (gente del ambiente okupa internacional que venían a algún festival de música, de vacaciones o de Erasmus) y el resto eran zonas de meditación. Me di cuenta entonces de cuán lejos estaba esa okupación profesionalizada de la reivindicación, de cuán lejos estaba de la calle y de la necesidad de la gente de a pie. Esa noche, con prisas y angustiado por esa familia, frustrado y cabreado por la insensibilidad de los “concienciados”, abrí una casa sin tomar ninguna precaución y por poco pierdo un pie (en la entrada de la puerta había un enorme cepo de caza que no vi en la oscuridad; desde entonces nunca entro a oscuras).

Darse cuenta de que había que elegir a quién se le expropiaba fue, sin embargo, en parte estrategia y en parte confrontación con la realidad. Muchas veces tratamos de contar con la complicidad del barrio donde actuamos para que la okupación se prolongue en el tiempo. Cuando es de un particular, a no ser que nadie lo conozca ni a su familia, o la vivienda lleve décadas abandonada, los vecinos no lo aprueban o hasta llaman a la policía. Por el contrario a un banco nadie lo defiende, salvo los políticos. En esos casos los propios vecinos nos animaban a que entráramos y hasta se implicaban en las labores de abrir la puerta o facilitar suministros. Fue así como vimos que además de atacar a la propiedad privada había que hacerle daño al poder financiero, pues era importante incluso a niveles prácticos.

Sin embargo, la okupación también puede ser un círculo cerrado en otro aspecto. Cuando se okupa por necesidad podemos ahorrarnos muchas de las tonterías que contaba antes, pero surgen otros problemas. Okupar por necesidad puede suponer que cuando acaba la necesidad también lo haga la implicación. Creemos que el apoyo mutuo y compartir herramientas de autonomía supone de por sí la emancipación, y esto es una idealización. La persona a la que ayudas a abrir una casa puede denunciarte tranquilamente si le dices que no te es posible pincharle la luz. Sé de lo que hablo. El capitalismo se ha extendido entre la población de forma tan perfecta que también los necesitados, cuando dejan de serlo, aprenden rápido a aplicar el darwinismo social. He comprobado como el antiguo paria, que gracias a tener vivienda puede reunificar a su familia y garantizarse un subsidio, pasa a considerarse un potentado al tener unos ingresos que, aunque escasos, puede invertir íntegramente en consumo. He visto cómo después de producirse esta situación la misma persona que huía de la miseria ahora se niega a tener okupas, indigentes y migrantes al lado y no quiere que se expropie ninguna casa cerca de la suya. He visto lo oscuras e insondables que son las entrañas de las personas producidas en serie por el capitalismo.

Todo lo que cuento es duro y quizás sorprenda si digo que a veces, cuando conoces la vida de la gente, puedes llegar incluso a comprender la raíz de estas actitudes. Pondré un ejemplo: un joven de 20 años que acababa de ser padre contactó con nosotras porque no tenía vivienda. Después de ayudarle a conseguirla, no sólo no colaboró sino que se convirtió en un saboteador que no tenía impedimento en recurrir a la policía cuando se le contrariaba. Se convirtió en el enemigo y ninguno, obviamente, quisimos saber más de él. El desprecio se mitigó cuando conocí su historia: hablamos de una persona que sufrió abusos sexuales desde la infancia por parte de casi todos sus familiares, que tenía unos padres toxicómanos y que se pasó en un centro de acogida desde los 7 años hasta los 18. Salió de allí acostumbrado a hacer daño para no ser aplastado, a engañar para obtener un poco más, a explotar a sus iguales y a mantener una relación de sumisión resentida con la autoridad. Periódicamente medicado, maltratado y humillado, toda su vida se desarrollaba en un centro que era a la vez cárcel, escuela y ONG; todo instituciones que deberían ser abolidas. No le enseñaron nada y durante gran parte de su infancia y adolescencia lo único que sabía es que tenía garantizadas una cama y tres comidas diarias, sin afecto ni empatía, sin que se le estimulara ninguna inquietud creativa. Alienado, nunca supo de dónde venían las cosas, ni quién las producía ni por qué llegaban a sus manos; sólo quería llegar a mañana, arrastrar su rencor y disfrutar algún día de la vida hedonista que le vendía la tele. Ni lo excuso ni lo justifico, pero lo raro cuando le tiendes la mano a alguien que ha pasado por eso no es que se aproveche, sino que no te la arranque. La gente que ha vivido así, fabricada a conciencia por la violencia del Sistema, debería echarse a la yugular de sus semejantes y despedazarlos, y sin embargo no lo hacen y se conforman con avasallarse mutuamente.

Estas experiencias me han hecho convencerme de que la okupación debería ser entendida como expropiación pero también como socialización. Si no hay detrás una aspiración y un proyecto revolucionario que suponga ir recuperando los bienes de consumo, sea poco a poco o de forma más ambiciosa, la okupación puede convertirse en una actividad exclusivamente onanista. Hace falta pedagogía entre los que okupan, pero esta no es una panacea. Hay que exigir compromiso si se quiere recibir ayuda, y si no hay compromiso pues que sigan adelante solos; cualquiera puede dar una patada en la puerta. Hay que ver también a quién se dirige el discurso, si a los convencidos que no lo necesitan o a los necesitados que no se convencen. La respuesta no es fácil, pero de ella depende que la okupación sea una actividad endogámica de autoconsumo o que sea una actividad, que enfrentándose a mil retos y derrotas, pueda transformar mínimamente el mundo que la rodea.

Ruymán Rodríguez